El instante de la nada

Dicen las personas solitarias que hay quienes vivimos del reto para no aguardar la rutina y su soledad. Algo habrá de cierto en eso, pero es mérito de cada quien mantener sus soledades ocultas, no darle espacio a la emoción desbordada.

Aquella masa de individuos más cercana, eso que llaman débilmente sociedad, nos ha ofrecido una ganga apestosa y hemos decidido tomarla. Nos ha vendido la mesura, la prudencia, el silencio que le quita poder al otro. En pocas palabras, una armadura pesada y tosca que simplemente nos pone en ridículo y nos hiere.

Yo he preferido desbordarme en insensatez, ya tendré muchos años para hacer uso de la prudencia...cuando las grietas en la piel me engañen haciéndome pensar que el alma también está agrietada; en esos días quizá me deje convencer que debo callarme las dudas, los miedos, las ganas, los sentimientos. Ese día quizá muera mi personalidad irrefrenable y ese mismo día inventaré un epitafio lindo para colgar en el techo de mi cuarto, dos cortas frases que me recuerden que cada segundo a partir de ahí es equivalente a un latido arrebatado, la felicidad que se ha ido.

Mientras tanto seguiré enamorándome de sujetos malheridos, extraviados, forjados en metal y ataviados con filo. 
Voy a seguir estudiando carreras que desborden mis capacidades, despidiéndome de aquellos que ataquen mis principios con los suyos, diciendo en los malos restaurantes y de manera muy firme que no voy a dejar propina, manejando a velocidades no permitidas, voy a seguir creyendo que ahí fuera hay alguien para quien mi excentricidad e incisión no son en absoluto una molestia, sino más bien el insumo que le sirva de excusa para quedarse los que el tiempo quiera.

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